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¡Y llegó el gran día! (El día en que Jollibee llegó a Aguitap)

Jollibee party

Jueves, 27 de diciembre de 2012

Para alguien como yo, que unos 15 años atrás no tenía ni remotamente en sus planes casarse, ni tener hijos, ni por cierto viajar a Filipinas, ni mucho menos bautizar a mi hija de cinco años en un pequeño pueblo del norte de Filipinas y celebrarlo con un show por todo lo alto… el pasado 27 de diciembre de 2012 fue un día para recordar.

De entrada, no es del todo fácil explicar a la protagonista el sentido de la celebración, o por qué hay un señor semidesnudo sangrando en una cruz, por ejemplo -los bebés de pocos meses tienen el detalle de no preguntar-, pero nada es imposible y mi mujer, que es la que tuvo la idea, afronta su labor de buena filipina cristiana con dedicación y paciencia.

Mi gran familia filipina agradece este gesto, lo vive con intensidad y devoción, y yo lo asumo como un cumplimiento con una parte de sus raíces. Es difícil de explicar, y para algunos quizás de entender, pero la emoción que condensa este día me confirma que, a parte de que la vida no deja de sorprenderte y hay que estar abierto a todo, siempre hay que buscar la esencia de todas las cosas, universal y aleccionadora per encima de las formas con las que cada cultura ha aprendido a vestirla. Y con humildad y generosidad por encima de todo.

Bautizo

“Welcome to the Christian World”
La cita era a las 8 de la mañana en la St. James Parish Church de Solsona (Ilocos Norte), y aunque una hora antes el movimiento ya era intenso en nuestra casa y el barangay, todo apuntaba a que empezaría a “hora filipina”, es decir, más tarde de lo anunciado.

Nos esperaba un “jeepney” alquilado para la ocasión como nuestra particular limusina filipina. Esto y todo lo demás estaba en manos de Heide, la hermana de Luz y RRPP para este gran día. Mientras la plaza de Aguitap se llenaba de globos y el resto de la familia acababa de vestirse, me di una vuelta por el barangay y descubrí al grupo de “Boy” Corpuz troceando un gran cerdo y a pocos metros, pero viva, una vaca destinada a seguir en breve su mismo camino.

Me invitaron a presenciar el sacrificio al estilo filipino. Ataron a la vaca a un árbol por la cabeza y la ducharon de agua con la manguera para proceder a adormecerla un poco. ¿Cómo? Un hombre lleva una batería colgada a la espalda de donde salen dos barras con un cable en la punta que, aplicadas sobre el cuerpo del animal al mismo tiempo, le producen una fuerte descarga. O no tan fuerte, según comprobé en el nervioso animal. Decidí alejarme del lugar cuando, tras este primer shock, uno de ellos empezó a golpear la cabeza de la res en el suelo con un gran tronco, supongo que como complemento manual de la “anestesia” antes de pasar al cuchillo.

La algarabía y risas de los de la matanza del cerdo me devolvió el ánimo y me fui hasta el jeepney a ver como estaba la cosa. Era un día para celebrar la vida.

Reportaje

Poco antes de subir todos al jeepney conocí a los dos chicos que debían hacernos el reportaje fotográfico y de vídeo, una idea de última hora de Heide. Una factura más que pagar. Uno llevaba una reflex pero sin flash adicional, sólo el pequeño flash de la propia cámara, y el segundo cargaba una pequeñísima handy-cam en la palma de la mano. Les di un par de indicaciones y sugerencias (básicamente que hicieran un reportaje lo más natural posible y evitaran las poses), pero la verdad es que no esperaba gran cosa con este material (luego me sorprenderían: lo editaron todo en dos días con un resultado bastante digno). Así que me colgué mi cámara al cuello y seguí con lo mío.

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Y empezó la fiesta. Subimos todos al jeepney y los fotógrafos nos persiguieron hasta Solsona entre campos de arroz, vacas y calabaos. A la llegada, tras llenar el formulario en la parroquia y pagar, nos enteramos que bautizaban a cuatro niños en total esta mañana, pero que la ceremonia se retrasaría porque el cura venía de otra misa matutina en un pueblo algo alejado de Solsona. Y cuando finalmente llegó, nos pidió unos minutos de descanso del calor y el viaje.

Luego conversamos con él. Resulta que hablaba español, estuvo en Madrid pero no había practicado lo suficiente como para oficiar en esta lengua. Se disculpó. Al final, si nos parecía bien, bautizaría primero a los otros tres niños en ilocano y después a Carina en inglés. Le explicamos el por qué de bautizar a nuestra hija en la tierra de su abuela materna, y le conté que no podía evitar pensar en la historia que comparten mi país y el suyo. Le dije que me sentía extraño que, viniendo de un país cada vez más laico o ateo, estuviera bautizando a mi hija en otro país a 11.000 kilómetros donde hace casi 500 años llevaron la cruz los colones españoles… Pero no recogió el guante, y nos pusimos a ello.

Ceremonia

La ceremonia, con Carina de pie y sujetando ella misma una vela, transcurrió en la estricta intimidad. Todo lo contrario de la fiesta que nos había preparado mi cuñada en Aguitap.

La verdad es que fue todo un éxito para los niños, que se lo pasaron en grande. A mí el escenario, y un poco todo, me pareció un pelín excesivo, con sus globos, peluches, Bob Esponja, regalos, Hello Kitty, etc. Pero en fin… El mago y la payasa rubricaron un divertido show que incluyó figuras con globos, chistes, juegos con el público que hicieron furor, niños bailando el Gangnam Style… y el espectáculo de magia me sorprendió gratamente. No estuvo nada mal, muy completo, incluso por encima de la mayoría de magos que suelo ver yo en fiestas infantiles en mi país.

Hasta aquí todo bastante bien y las decenas de niños rieron y abrieron los ojos como platos. Pero luego entraron en escena las mascotas, con las que todo el mundo quiso fotografiarse, y la música machacona se repetía a todo volumen. Cuando parecía que todo podría terminar de forma más o menos redonda… resulta que aún quedaba el show de Jollibee.

Jollibee, el McDonalds filipino (con influencias gastronómicas locales), es todo un icono aquí. Su “pack” incluye comida y show, según acabo de descubrir, así que los camareros-presentadores se ponen a bailar y a animar al personal. Traen también a su mascota, a la que todo el mundo agasaja como si fuera Justin Bieber, sacándose fotos solos o en grupo, así o asá, abazados o besándole, bailando o sentados… En fin. Carina ya está cansada de tanta foto y tanta fiesta, yo intento sin mucho éxito que alguien baje el volumen de la música (ya llevamos media docena de Gangnam style…) pero no queda otra que esperar el momento de la comida.

It’s the first time Jollibee in Aguitap!

La noticia, según conoceré más tarde, es que es la primera vez en la historia de Aguitap que Jollibee llega al barangay. Todo un hito que hace feliz a los niños y, supongo, pone Aguitap en el mapa. “It’s the first time Jollibee in Aguitap!”, insiste mi cuñada, orgullosa. Hasta ahora sólo sabían de esta fiesta por catálogo. Bueno, me alegro de haber hecho posible este sueño.

Repartimos entre todos unos 150 packs de spaghetis, bebida y helados (la máquina de helados es otro «extra» muy apreciado en Aguitap) y por fin la fiesta de Mi Gran Bautizo Filipino llega a su recta final. Bueno, no del todo, porque ahora queda la comida de los adultos y del grupo de niños má allegados (con spaghettis con pollo) en nuestra casa. Unos 150 invitados más que desfilan plato en mano, se lo llenan de comida (¡hay lechón de Nanay!) y acaban con casi todo en una media hora.

Estamos agotados, e intentamos relajarnos en la habitación del primer piso, con la terraza con vistas al campo, con unos pocos niños que le han traído regalos a Carina. Los platos abandonados en el patio por decenas de comensales empiezan a atraer a las gallinas.

Por la tarde salimos a pasear por el campo, pero nos queda poco tiempo de relax. Estamos invitados, hoy, a otra celebración. En la plaza hay la fiesta de unos familiares, con varios bautizos y un cumpleaños de un niño de 8 años todo junto. No hay que ir tarde porque será un “early dinner” (cena temprana), a eso de las 8 de la noche. Cumplimos como buenos vecinos de Aguitap, por descontado.

P.S.: Esta crónica tenía que ser un blog “más o menos en directo” pero, como se puede ver por las fechas, ha acabado siendo «más menos que más». Con tanta fiesta, me disculparéis los días de “décalage” y que lo actualice ya desde casa, donde volvimos el 3 de enero.

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2012. Todos los derechos reservados