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Bye bye, Aguitap (regreso a Manila… en aviones diferentes)

Goodbye, Aguitap

Goodbye, Aguitap

1 de enero de 2013
Llegó el día de las maletas, las despedidas y las lágrimas. Ha sido nuestro viaje más emocionante a Filipinas, o esa es mi impresión en mi quinta vez en casa de Nanay en Ilocos Norte. En gran parte por Carina, claro. Por su feliz inmersión en la cultura materna y un “verano” intenso de tres semanas en pleno diciembre. Y es triste decir “see you soon” sin saber cuando las circunstancias nos van permitir regresar, ya que sospechamos que pasarán algunos años. Ojalá no sean otra vez seis… Este año hemos podido viajar gracias a un regalo de la familia. Sería difícil explicárselo a Carina, que ya tiene idea de volver la próxima Navidad… con sus compañeras del colegio en Sabadell (!).

Salimos por la mañana de Aguitap, en un jeepney alquilado, para dejar a Luz y Carina en el aeropuerto de Laoag. Los tres viajamos a Manila hoy, día 1, para volar mañana, 2 de enero, a Barcelona, pero… como ya conté al principio, hacemos el viaje en compañías distintas. Esto incluye el vuelo a Manila: yo había reservado desde el prinicipio con Philippine Airlines (PAL) y Didith reservó a Luz y Carina el vuelo de Cebu Pacific. Conclusión: ellas salen a las 14h y yo a las 20.45h. Nos veremos en el hotel.

Una buena idea de Luz ha sido que, lo queda del día, yo lo pasara con Nick y Lourdes (él británico y ella filipina), unos viejos amigos de Madrid a los que reencontramos de tanto en tanto, cuando descansan de las largas temporadas de trabajo de él en el extranjero. Estos últimos meses vivían en Malí pero…¡sorpresa! Nick se ha tomado un descanso y se han instalado en la casa que se hicieron en Filipinas. Cerca del aeropuerto de Laoag, en Ilocos, y no muy lejos de Fort Ilocandia. Se enteraron de que estábamos por aquí por unos filipinos de Madrid, me mandaron un correo, nos llamamos y, bueno, nos invitaron a comer cuando volvimos de Currimao.

Hoy voy yo sólo a su casa, después de dejar a Luz y Carina en el aeropuerto. Habrá otro invitado, un amigo belga curtido también en muchos años de estancia en África (de hecho, nació en Congo), así que tendremos conversación para rato porque Nick se conoce muy bien el continente. Descubro que la mujer de su amigo también es filipina y tienen un hijo de menos de un año. Qué curioso: somos tres locos por África y los tres casados con filipinas… Y explicándonos batallitas en Filipinas con unas San Miguel y una buena copa de Rémy Martin V.S.O.P., como no podía faltar en casa de Nick. Me está mal acostumbrando al buen cognac, este hombre…

Es un gran placer disfrutar de la hospitalidad de esta entrañable pareja, y más en esta fantástica casa que la misma Lourdes diseñó, y que han llenado con gusto de recuerdos traídos de muchos viajes. Me río cuando quiero fotografiar la gran piel de cebra colgada en la pared, que Nick se trajo de África y, de repente, se saca de debajo de la cama una escopeta de cazador y posa así frente a mi objetivo.

El mundo es pequeño. Años atrás (agosto de 2005) Lourdes y Nick se casaron aquí, en Ilocos, y estuvimos en su boda, coincidiendo con nuestras vacaciones en Filipinas… “Milima na milima haikutani, lakini binadamu hukutana”, se dice en estos casos en suahili (“Mountains can’t meet but people always meet”).

Lourdes y Nick han sugerido ir en su coche a tomar un baño en la piscina de Fort Ilocandia. “No te preocupes, no vas perder el avión porque desde casa vemos cuando llegan…”, bromean. Bueno, me confiesa Lourdes que alguna vez a ha apurado mucho para coger el suyo, ja ja…

El famoso Fort Ilocandia Resort & Casino es el vivo ejemplo del afán derrochador de los Marcos. Construído para la boda de su hija -no había ningún hotel de 5 estrellas en Ilocos y había que alojar a los distinguidos invitados-, se ha quedado ya un poco anticuado por siguen chocando sus aires pretenciosos en esta humilde región del país. Alejado del núcleo urbano de Laoag, tiene como grande atractivo, eso sí, la gran superficie de verde jardín que se extiende hasta el campo de golf y, al fondo, la playa. Pero es tan grande que da pereza andar tanto para llegar al mar.

En el amplísimo vestíbulo cuelgan viejas fotos, algunas en blanco y negro, de eventos celebrados aquí como concursos de misses o recuerdos de “ilustres” visitas que recibieron Ferdinand e Imelda Marcos: Lord Mountbatten, de la familia real británica, Richard Nixon, Fidel Castro

Lourdes y Nick vienen aquí de vez en cuando. Se puede pasar una jornada en la piscina, sin estar alojado, pagando una pequeña entrada (no recuerdo muy bien si eran 150 Php o algo parecido). Hay tres piscinas, una de ellas de medida olímpica. El camino hasta aquí está controlado por personal de seguridad, walkie-talkie en mano, en puntos clave. Cualquier duda (por ejemplo, qué haces tu aquí), se resuelve inmediatamente llamando a recepción y confirmando que, en efecto, vas a la piscina y tienes permiso. Una vez allí, nos percatamos de otro roce con los de seguridad con un fotógrafo (parece que profesional, también con aire pretencioso) que está realizando una sesión en el jardín y en la pisicina…

El final de nuestro día es todo un contraste. Deciden ir a ver la puesta de sol a la playa, pero no a la del resort sino a la pública. Nos acercamos con el coche y descubrimos la cara real del país en un 1 de enero: decenas, diría que cientos, de humildes filipinos se han acercado aquí con la familia entera o en grupos de amigos en jeepney, moto, tricycle, coche o bicicleta para darse el primer chapuzón del año. En la arena, de color oscuro, hay restos de los picnics del día, comidas copiosas pero sencillas, adaptadas al ajustado presupuesto. Alegres, sociables, libres por un día, algunos sonríen felices frente a mi objetivo, haciendo la señal de la victoria.

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2013. Todos los derechos reservados

¿Cuántos años cumple Nanay? (escapada a la playa de Currimao)

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28, 29 y 30 de diciembre de 2012
El 29 de diciembre es el cumpleaños de Nanay (aunque hay discusiones sobre su edad verdadera) y para celebrarlo -y relajarnos un poco fuera del barangay un par de días después del intenso bautizo- nos llevamos a la familia a la playa. Además de nosotros tres y ellas tres (Nanay, Didith y su hija Kaela) invitamos a la pequeña Nikka, hija de Alma.

La idea era reservar on-line un par de habitaciones frente a la playa de arena blanca de Pagudpud, al norte, zona que ya conocemos. La llaman “Boracay of the North” por su belleza. Pero Didith insistió un mes atrás en que ella misma se personaría en el resort para cerciorarse de que fuera una buena elección y hacer la reserva sobre el terreno.

Al principio me pareció excesivo pero la verdad es que, tras comprobar la “falsa imagen” que exhibían algunas webs de éste y otro resort, que resultaba estar en obras, y sacar fotos que nos colgó en Facebook, tras algunos cambios de fechas nos sugirió encarecidamente escoger el Playa Tropical Resort. Éste no está en Pagudpud sino en Currimao, un barangay de unos 15.000 habitantes bañado por las aguas del South China Sea a media hora en coche al sur-oeste de Laoag City.

Todo un acierto que negoció (y regateó) también persona y que fue un gran descubrimiento: aunque abrió hace unos cuatro años, ni siquiera salía en la última edición (mayo de 2012) de la Lonely Planet, guía prestada que a estas alturas ya hacía días que dormía en un rincón de alguna maleta. Didith resultó mucho más efectiva.

Quizás por su incomprensible ausencia de la guía, y no sería la única, la mayoría de los clientes de este fantástico resort, con un bello y cuidado jardín y arquitectura de inspiración balinesa, eran filipinos. Como lo era también el contundente desayuno buffet: arroz, salsichas, huevos, pescado… amenizado con salsa de calamansit (el pequeño limón filipino), de pescado o de soja. Bueno, si no querías «Filipino breakfast«, se podían pedir unas tostadas o pancake.

Los dos días de ensueño que pasamos aquí con la familia, con las niñas pasándoselo en grande en la “infinite pool” -sus aguas se tocan en el horizonte con el mar- tuvieron su punto emotivo con el pastel de cumpleaños que Didith se trajo de Batac para que Nanay soplara las velas. ¿Cuántas, por cierto? Creíamos que 78, pero ella nos soltó que, bueno, “durante la guerra japonesa los archivos se quemaron”… Entonces, cuando regularizó los papeles, debió haber algún error porque ella siempre ha creído recordar que su madre li dijo que había nacido en 1934…

En fin… ¡Happy Birthday, Nanay!

Me siento en la obligación de dejar constancia del trato exquisito recibido en el Playa Tropical, resort construido con gusto y de excelente relación calidad-precio. A diferencia del pretencioso Fort Ilocandia, por ejemplo, donde te sientes observado (y amonestado) por estrictos vigilantes con walkie-talkie al más mínimo movimiento fuera de lo normal -como sacarse una foto, según comprobé en una visita esporádica a la piscina invitado por unos amigos-, aquí disfrutas de un maravilloso hotel con absoluta libertad y familiaridad. Prometimos volver.

Un ejemplo: tras despistarnos chateando en Sype con mi familia en el wi-fi de la recepción y que nos cerraran la cocina (a las 22h, hora filipina), se ofrecieron a llevarnos en coche a una modesta “carendería” (cafetería local) del pueblo, pillar las últimas raciones de pinakbet y adobo que quedaban y tomarlas en las mesas de la terraza del hotel sin problemas, con sus platos y cubiertos tras calentarnos la comida. Por suerte, el bar estaba abierto hasta la medianoche.

Por cierto, el barangay de Currimao está justo al lado del resort. Todo un placer sumergirse en su vida cotidana, con los pescadores a pie de arena vendiendo sus últimas piezas, los vendedores de maíz hervido moviéndose en tricycle, las piscifactorías tradicionales de tilapia, sus niños, su ropa tendida, sus canastas de baloncesto en mitad de la calle y su puesto de “PULIS”, claro, la comisaría de polícia.

Aquél día estaban preparando los “cottages” en la playa de cara la gran fiesta de Fin de Año, con sus pícnics y su explosión de fuegos artificiales.

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2012. Todos los derechos reservados