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Mabuhay, bienvenido a Aguitap

Ensayo del baile, Gangnam Style

Ensayo del baile, Gangnam Style

25 de diciembre de 2012

¿Por dónde empezar? Mmmm. Llegué ayer al pueblo, Aguitap, a unos  25 km. de Laoag, y parece que lleve mucho tiempo aquí porque han pasado muchas cosas. O esa es la sensación, sumada al jet-lag que te deja atontado, somnoliento, desubicado los primeros días. Nuevo horario, el calor, la música y el ruido por todas partes y a todas horas… Saludar a decenas de personas (la mayoría familiares), recordar sus nombres y “nicknames” (todos tienen uno) y acertar el vínculo exacto… Y el reencuentro con Carina y Luz, claro. Emocionante, sobretodo viendo a la niña integrada como una más en Aguitap, libremente de un lado para otro, corriendo, bailando, subiéndose a un tricycle.

Había aterrizado en Manila hacia las 20 horas del domingo, 23 de diciembre en razonable buena forma pese al largo viaje porque me pilló de noche y pude dormir unas horas. De camino en taxi al hotel me di cuenta de la locura de haber reservado una habitación en Malate, con el tráfico de esta megápolis de 20 millones de habitantes en toda la región metropolitana, Metro Manila. Llevábamos casi una hora en un colosal embotellamiento, debía faltar una hora más para llegar y el taxista me convenció de pasar la noche en un hotel frente a la terminal 2, el de los vuelos de la PAL.

De allí tendría un máximo de 10 minutos en un shuttle gratuito, algo valioso si quería llegar a tiempo a la mañana siguiente para facturar prudentemente a las 8, desayunar sin prisas y coger el vuelo de las 9.30. Lo contrario supondría salir dos horas antes como mínimo, y el correspondiente estrés, en previsión de un mayor colapso las horas previas a Nochebuena.

Lástima que el Rogers Place Hotel tuviera bastante que desear en cuanto a prestaciones. La simpatía del trato y su ubicación privilegiada no se correspondía con el precio ni la (dudosa) limpieza de una habitación que al cabo de un rato se quedó sin agua corriente. Salí ganando: me trajeron un barreño de agua y un pequeño cubo y me duché mucho más rápido a las 7 de la mañana al estilo filipino, el llamado “tabu”, ya que la presión de la ducha era bastante débil también.

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Viajar en businness con la PAL es un pequeño placer que incluye bebida, comida, prensa, un trato de rey y poder enchufar el ordenador. Los 50 minutos de vuelo hasta Laoag así se hacen cortos. Un soplo comparado con las 22 horas con KLM.

El abrazo con Carina y su excitación por todo lo vivido es el broche de mi llegada a esta tierra verde, cartografiada por los cadriláteros de arrozales ahora en plena cosecha, que acabo de sobrevolar virando desde el mar. Con Luz y Carina están mi cuñada Didith y su hija, la prima de Carina, Mikaela.

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Sting, el driver, nos lleva hasta el restaurante Gerry’s de Laoag, cocina 100×100 filipina, donde me estreno con el clásico surtido de platos variados de cerdo, carne, pescado, verduras tradicionales salteadas, fideos, arroz (por supuesto), mejillones y salsas de todo tipo para rematar con “leche flan” y batido de mango natural. Comemos cuatro adultos y dos niñas por unos 1.500 Php, 30 euros.

Por la tarde llegamos a Aguitap por una carretera que atraviesa verdes campos y arrozales , con casas decoradas por las “parols” típicas de Navidad (estrellas y otras formas de colores) y árboles navideños de materiales vegetales de la zona o reutilizados.

Nanay, la mamá de Luz, nos recibe junto a vecinos y primos varios en la casa donde ya estuvimos las primeras cuatro veces, y a la que han remozado con algún toque de color en lass paredes unos días antes de nuestra llegada.

¡Merry Christmas!

Los regalos para las niñas se amontonan bajo el árbol.

Unas horas más tarde, celebramos la Nochebuena con comida ilocana. Esta vez hemos hecho una pequeña trampa. Nos hemos saltado la tradición de descansar hasta la medianoche -mucha gente se echa una siesta para estar más fresh-, momento reservado para la gran comilona o para atacar unos postres abundantes y muy dulces.

Se supone que antes hay que ir a la iglesia, también. Pero nos avanzamos a todo y aprovechamos para probar la nueva y curiosa “wi-fi zone”, un pequeño cubierto con unos bancos. Es que está al lado de una casa con internet y la gente viene aquí, o al porche de una casa vecina, para pillar la red. Lástima que no es fácil: no la encuentro con mi ordenador y con el de Didith hay que conectarse también a la red eléctrica porque se fundió su batería y sólo funciona enchufado.

Algunos jóvenes vienen aquí con sus lap-tops, se instalan en sillas de plástico y pasan el rato en la oscuridad de noche. A las 6 ya oscurece. Me propongo actualizar mi blog pero estoy espeso y me da pereza escribir en un portátil, transferirlo en un pendrive al otro con el que no estoy familiarizarlo y colgarlo. Y no sé por dónde empezar porque aún no he contado mi noche en un KTV Entertainment de Manila (tiene su qué, pero quizás lo dejo para más adelante) y aquí hay mucho que vivir y compartir.

Singing carols

Singing carols

Hemos acompañado a Carina, su prima y sus nuevas amigas de “carolying”, a cantar villancicos puerta a puerta a cambio de unos pesos.

Por otro lado, han ensayado nuevamente en la calle su coreografía para el concurso, parando y haciéndose a un lado cada vez que pasa una moto, un tricycle o un coche, y no han parado de ir de un lado a otro de este apacible barangay que, como todos los barangays filipinos (la unidad urbanística más pequeña del país), más que un municipio o un barrio vendría a ser una mera extensión de la familia filipina, muy extensa ya de por sí. Casas de puertas abiertas y vecinos que no hace falta que llamen para ir de visita.

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La música, a todo volumen, eso sí. El baile infantil de este año: el imbatible Gangnam Style, del coreano Psy. Nos lo machacarán decenas de veces en los próximos días, estoy seguro.

Plantas, flores, árboles, gallos, pavos, niños, más niños, perritos correteando, la plaza central (y a la vez campo de baloncesto) con el nuevo cubierto de este año frente a la biblioteca  («Aguitap Coliseum», han bautizado con cierto exceso de pompa), y campos verdes que nos rodean como un manto relajante y luminoso, donde pastan bueyes y vacas y donde se estrella un sol intenso pero bendecido hoy por un vigoroso aire que todo lo agita, como por ejemplo el polvo de tierra marrón oscuro del camino.

La Carina está excitada con sus “playmates” de Aguitap.

Hemos conectado un momento con mi familia por Skype, nos hemos visto pero no nos oían bien. La verdad es que aquí siempre hay alguien para saludar, algo para comer o algo que hacer antes de tener un minuto para conectarse. Y para escribir debo encontrar un rincón aislado del tráfico incesante de gente en la casa, quizás la terraza de atrás en el primer piso, con vistas al campo.

Desde allí intento poner en orden, ahora mismo, al cúmulo de emociones asimiladas bajo una acusada alteración del sueño. Y es que hoy es Navidad y ya hemos tenido algún punto de tensión familiar con la organización y logística de Mi Gran Bautizo Filipino, que parece que está previsto  para pasado mañana, el jueves 27 de diciembre.

El presupuesto y alguna partida en concreto de la fiesta infantil son un tema sensible. Pero creo que finalmente se impondrá la paz y la harmonía. Soltando un pastón, eso sí. Aquí nada es barato. O a veces sí, pero el problema es otro: todas las fiestas se calculan para unos 150 o 200 invitados (sic.). O dicho de otro modo, están abiertas a cualquier vecino del barangay que desee apuntarse a última hora.

Esta tarde, cuando nos hemos sentado con la familia a discutir los detalles del presupuesto (para evitar sorpresas después, aunque parece ser que todo ya está atado y queda poco por discutir), la frase que más he oído, con cierta gravedad, es: “We cannot control people, Carles!”. No puedes limitar nunca el número de invitados, no puedes “controlar a la gente”.

People Power”. Fue lo que se cargó a Marcos en este país. No hay que menospreciarlo en absoluto. This is Aguitap. Y opto razonablemente para guardarme mis opiniones sobre lo que nos va a costar la merienda con spaghettis para 200 niños, el “balloon decoration” (globos, con su máquina para hincharlos, claro), los dos “clowns” (face painting y magic show aparte), la mascota de Hello Kitty, el pastel, la máquina de helados… e intentar esbozar mi mejor sonrisa filipina. “No problem”.

Ah, y luego hay la comida en casa con los adultos aparte, claro. Con su “lechón” (cerdo de tres meses asado a la filipina), su pollo, verduras, “embutido” (sic.), bebidas, platos, ingredientes… “¿Cuántos vendrán?”, me atrevo a preguntar con ingenuidad. “Carles, we cannot control people here”… Entiendo. Pues nada, adelante con el bautizo.

Ah, y habrá que dar algo a la iglesia, ¿no?, se me ocurre. Sí, claro. Una parte (100 pesos por persona) la ponen en teoría los padrinos pero de momento sólo tenemos acordados padrinos de mi familia (la mayoría aún no lo saben, la verdad) y, como no están aquí, alguien de Aguitap los va a “representar” (y nosotros tenemos que cubrir su parte de dinero, ejem). Hombre, propongo buscar algún padrino o madrina local, ¿no?. Más que nada para “equilibrar” las delegaciones familiares. Ok, tendremos un par.

Ya está todo aclarado.

Salimos a pasear hacia los campos de arroz justo en el momento de la puesta de sol, para tomar un poco el aire. Por el camino paramos continuamente a saludar. Grupos de hombres cumplen con la sana tradición de sentarse alrededor de una mesa en la calle e hincharse de comida y alcohol. Así que a estas alturas me saludan de manera muy efusiva, teniendo en cuenta su timidez habitual. ¡Ah, que bien se está en Aguitap!

© Texto y fotografías de Carles Cascón, 2012 Todos los derechos reservados